Compost musical
Bassvictim están destinados a autodestruirse + el primer disco que me ha impresionado este año + siblings or dating con Cameron Winter y Otto Benson
El mejor thriller que he visto últimamente es la entrevista que publicó Pitchfork a finales del año pasado con Bassvictim. La firma Kieran Press-Reynolds, uno de los culpables de que piense que Pitchfork está pasando por uno de los momentos editoriales más interesantes de los últimos quince años. Leer la entrevista agobia como solo son capaces de agobiar los sucesos que no pueden verse ni oírse porque están escritos.
Bassvictim son Maria Manow e Ike Clateman, dos personas que viven en modo aleatorio y con las que yo personalmente no sabría cómo lidiar. Tienen pinta de existir dentro de ese meme en el que un tío está tumbado en un colchón apoyado directamente en el suelo en mitad de una habitación llena de cajas de cartón y latas de cerveza. Durante la entrevista, Manow toma un poco de ketamina para relajarse, luego se pone a llorar y finalmente le dice al periodista “ojalá conocieras a la Maria feliz y segura que suelo ser”. Me es imposible calcular cuántas bromas por minuto haría yo para intentar reconducir una situación claramente irreconducible.
Cuando en 2024 publicaron su primer álbum, Basspunk, imaginariamente situé a Bassvictim en ese árbol genealógico de dúos synth-punk que empieza en Crystal Castles y del que descienden 100 gecs, Snow Strippers, Brutalismus 3000 o Frost Children. Es un sonido que me interesó durante cinco minutos. Pero en octubre de 2025 publicaron Forever, un disco de post-electroclash en el que los sonidos están metidos a presión. Uno de esos discos en los que parece que cabe más música que en el resto de músicas porque están llenos hasta arriba de sonidos. Lo escucho una y otra vez, una y otra vez, para ver si en una de esas se desborda del todo, como cuando dejas una olla llenándose de agua para cocer pasta y te olvidas porque te has puesto a cortar cebolla.
Las canciones de Forever rechinan y chisporrotean como un altavoz bluetooth a punto de quedarse sin batería. Suena aparentemente eufórico, pero he visto las suficientes películas de postadolescentes marginales de las que gustan en el festival de Sundance (pienso en Beach Rats de Eliza Hittman, en Mid90s de Jonah Hill, en Ya no estoy aquí de Fernando Frías de la Parra) como para saber que Bassvictim no están celebrando que tienen todas sus necesidades básicas cubiertas sino que ya no tienen absolutamente nada que perder. La liberación definitiva. Aunque escuchando Basspunk tienes la sensación de que alguien va a hacerse daño de un momento a otro porque hay más violencia y más tensión explícitas, en el fondo Forever es un disco mucho más inquietante: ese poptimism es la pantalla final del desencanto.
Como toda la música que me gusta, la que hay dentro de Forever reabrió una serie de compuertas cerebrales a través de las que emprendí un camino que por poco no sé cómo desandar. Casi me quedo allí atrapado. De Bassvictim pasé al primer disco de The Go! Team, Thunder, Lightning, Strike. Y de ahí a Dan Deacon. Y de ahí a Discovery, una banda que tuvo Rostam de Vampire Weekend con Wes Miles de Ra Ra Riot. Supongo que a los dos les llegó una notificación al móvil porque alguien había reproducido su disco en 2026.
Por ahí he leído que Manow y Clateman se conocieron en el verano de 2022 en un bar de Berlín y se cayeron fatal. Poco después volvieron a encontrarse en la puerta de un club en el barrio londinense de Peckham y formaron Bassvictim, aunque en absoluto descartaría que sigan cayéndose mal o incluso algo bastante peor. En septiembre, a un mes de publicar Forever, Manow colgó un selfie con la cara medio ensangrentada en la cuenta de Instagram de la banda con un texto que decía “Ike punch me in my face so bad he ripped out my dermal”, pero enseguida la borró. Y poco después usó su cuenta personal, que está llena de fotos que parecen recuperadas de una Blackberry, para llamar sexistas a los fans que habían acusado a Clateman de maltrato con el argumento de que son dos compañeros de grupo que se pegan mutuamente.
Tengo muchas ganas de ver su concierto en el próximo Primavera Sound, pero soy plenamente consciente de que la esperanza de vida de Bassvictim como banda es muy limitada. Claramente no soy el único que lo piensa porque el hilo de reddit donde sus fans comparten contenido sobre la banda está lleno de búsquedas desesperadas de entradas para sus conciertos y de quejas porque ya hay gente revendiendo sus vinilos por más de 70 dólares. Hay que darse prisa con todo lo que tenga que ver con Bassvictim porque están destinados a autodestruirse próximamente.
El primer disco que me ha impresionado este año es el que han lanzado heavensouls & stickerbush, dos productores en sus veintipocos que empezaron a hacer música juntos en 2024 después de conocerse en un servidor de Discord. Uno vive en Houston y otro en Atlanta, que he visto que están a la misma distancia que Barcelona y Almería, aunque no sé si este ejemplo hace que parezca que viven más lejos o más cerca. Como el espacio que comparten heavensouls y stickerbush es puramente digital, se produce una colisión cuando su música entra en contacto con la realidad.
El disco se llama DARKLIGHT. Me lo pongo mientras voy andando por la calle e inconscientemente empieza una competición persona vs disco en la que me dedico a adivinar, sin mirar la pantalla del móvil, si ya ha saltado de canción o todavía sigue siendo la misma. Normalmente gana el disco. En DARKLIGHT pasan muchísimas cosas inesperadas e ilógicas que no tenemos indexadas dentro de la lista de cosas que se supone que pueden pasar en un álbum. No, no ha saltado de canción: simplemente aquí todo funciona con otra lógica interna.
En una entrevista dicen que les interesa el metal porque una canción puede cambiar constantemente de compás y tempo. Me encanta cuando un género influye a un artista de manera espiritual y no de manera específicamente musical. En DARKLIGHT hay incluso una canción en la que el volumen baja y luego vuelve a subir como cuando el móvil te avisa de una notificación. Todo eso hace que pueda encajar perfectamente dentro de la categoría de discos con sentido del humor de la que ya hablamos una vez.
Como todos los discos que se entregan al caos glitch-hop, DARKLIGHT también entra en la categoría de discos que seguramente no existirían si no hubieran existido Death Grips. No puedo demostrar científicamente que Death Grips son uno de los diez grupos más influyentes de la década de los 2010s pero tampoco creo que nadie pueda demostrar que no lo son. Se nota que han escuchado mucho a Death Grips y a JPEGMAFIA, pero también variantes sin gentrificar del hyperpop como el digicore.
heavensouls & stickerbush han hecho el típico disco intenso y sobreestimulado del que lo más fácil, en lugar de intentar entenderlo, es decir que es “adelantado a su tiempo”. No estoy de acuerdo: un disco solo puede sonar así de libre si llega tarde, cuando los géneros y las influencias se han podrido y descompuesto y ya se han convertido en compost musical.
El otro día vi este tuit de aquí arriba, tan fino y sibilino que parece una crítica a Geese hasta que te das cuenta de que en realidad es una crítica a lo que dice la gente sobre su último disco. En general se han dicho muchas cosas sobre el último disco de Geese desde que se publicó en septiembre. No recuerdo la última vez que un álbum de rock monopolizó la conversación como lo ha hecho Getting Killed. Por supuesto, no he bajado a la calle a verificarlo porque no hay mejor lugar en el que quedarse que una buena cámara de eco en redes.
Respecto al tuit de @alshipley, diría que lo que pasa es que como “ya no hay bandas”, la gente simplemente asume que todas son The Strokes. No tengo nombres y apellidos de esa gente, pero he visto lo que intentaban hacer: mezclar ideas que llevan un tiempo sobrevolando internet hasta convencerse de que Geese son otro síntoma de la supuesta vuelta de la estética indie sleaze. Imagino que los argumentos son que son de Nueva York igual que The Strokes y que Cameron Winter, su cantante, lleva el flequillo sucio. Quizá me planteo editar por primera vez la Wikipedia para borrar a Geese de este parrafito que he visto en la entrada de indie sleaze.
Estas semanas estoy escuchando muchísimo Peanut, el nuevo álbum de Otto Benson, un músico que también vive en Nueva York y que hasta ahora había publicado música principalmente instrumental o al menos no cantada de manera convencional. Digamos que se limitaba a usar su voz para hacer ruidillos hasta que grabó Peanut, un disco de cantautor defectuoso y abollado, es decir, el mismo tipo de cantautor que es Cameron Winter.
Escuchando a Otto Benson he pensado en Damien Jurado y en Kings of Convenience, dos cosas en las que no pensaba desde hace no menos de seis años. También un poco en Cindy Lee. Pero sobre todo en Cameron Winter: se puede jugar perfectamente a siblings or dating con Peanut y Heavy Metal, el álbum en solitario que sacó Cameron Winter en 2024.
Tengo una playlist donde voy metiendo mi música favorita del año:
y otra que vacío y lleno cada domingo según lo que voy escuchando durante la semana:










Poco se habla del homenaje que le hacen Bassvictim a Gigi D’agostino, en el tema que abre Basspunk 2
quin riure victor tens tota la raó en tot (és a dir en tot de temes en els que jo no tinc cap opinió perquè no sabia que existien fins que tu ho dius)